La lluvia de noviembre no tenía piedad. Caía gélida, cortante, de esa forma en que el agua parece buscar los huesos para congelarlos desde dentro.
La lluvia de noviembre no tenía piedad. Caía gélida, cortante, de esa forma en que el agua parece buscar los huesos para congelarlos desde dentro. En la esquina de la Avenida Central y la calle Cuarta, bajo el alero de un antiguo banco de fachada neoclásica, estaba Julián. Tenía sesenta años, aunque sus manos agrietadas y la curvatura de su espalda delataban un siglo de fatigas. A sus pies, un cartón empapado le servía de balsa en medio del océano de asfalto gris. Julián tenía hambre. No el hambre común que se calma con retrasar la cena una hora, sino esa punzada sorda, un animal rabioso que le mordía las entrañas desde hacía dos días. Frente a él, cruzando la calle, las luces cálidas de una panadería artesanal herían sus ojos. A través del cristal empañado, se alcanzaban a ver las siluetas de panes dorados, bollos azucarados y baguettes crujientes. El olor a masa horneada cruzaba la avenida flotando en el aire húmedo, una tortura invisible para el viejo. Julián estiró la mano, u...