El silencio en el estudio principal de la Academia de Danza Metropolitana era sepulcral, interrumpido únicamente por el eco de unos pasos firmes y cargados de resentimiento.





 

El silencio en el estudio principal de la Academia de Danza Metropolitana era sepulcral, interrumpido únicamente por el eco de unos pasos firmes y cargados de resentimiento. Isabella, la primera bailarina durante los últimos diez años, avanzaba por el parqué con la mirada fija en su objetivo. Sus años de gloria se desvanecían lentamente, y la rabia que sentía por haber sido desplazada en el papel principal la estaba consumiendo por completo.

Del otro lado del salón, estirando frente a los inmensos espejos, se encontraba Lucía. Apenas tenía veinte años, pero su talento crudo y su imponente presencia escénica habían deslumbrado a los directores desde el primer ensayo. Isabella se detuvo justo a su lado, sosteniendo las zapatillas de punta nuevas de Lucía como si fueran un trapo sucio. Con un desdén calculado y ensayado, abrió la mano y las dejó caer al suelo. El golpe sordo resonó en cada rincón del estudio.

El aire pareció congelarse al instante. Las demás bailarinas detuvieron sus rutinas, conteniendo la respiración, anticipando el inminente desastre. Isabella cruzó los brazos sobre su pecho, esbozando una sonrisa cargada de veneno puro, y con una voz gélida que cortó el silencio como un bisturí, sentenció su humillación pública.

"Ahora recoge tu basura."

Esperaba lágrimas de inmediato. Esperaba que la joven promesa se encogiera, bajara la cabeza y obedeciera, reconociendo quién mandaba realmente en aquel territorio. Pero Lucía no tembló. Lentamente, deshizo su estiramiento y se puso de pie, irguiéndose en toda su estatura hasta quedar a escasos centímetros del rostro de la veterana. No había ni una pizca de miedo en sus ojos oscuros, solo una calma perturbadora y una confianza inquebrantable.

El choque de miradas fue eléctrico. Lucía bajó la vista un segundo hacia las zapatillas en el suelo, y luego volvió a fijarla directamente en los ojos inyectados en celos de su rival. Con un tono de voz suave, casi como un susurro, pero lo suficientemente afilado para que todas las presentes lo escucharan con absoluta claridad, pronunció las palabras que marcarían el fin de una era y el inicio de otra.

"Que las recojas tú... igualada."

Isabella palideció de golpe, retrocediendo un paso por puro instinto ante la inesperada bofetada verbal. No hubo gritos, ni escándalos prolongados. Lucía simplemente se dio la media vuelta y volvió a su posición inicial, dejando a la estrella amargada lidiando con el peso aplastante de su propia caída, mientras el resto del cuerpo de baile intercambiaba miradas de asombro absoluto. La nueva reina había tomado el control, y no pensaba inclinarse ante nadie.


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