El prestigioso patio principal del Instituto San Carlos
El prestigioso patio principal del Instituto San Carlos era un ecosistema cerrado donde el dinero dictaba las reglas, y Sebastián se paseaba por él como el depredador alfa indiscutible. Cuando Daniel, el nuevo estudiante becado de uniforme ligeramente gastado, tropezó por accidente y rozó con su mochila los relucientes zapatos de diseñador de Sebastián, el constante bullicio del recreo se detuvo en seco. Los murmullos se apagaron de inmediato mientras el autoproclamado "rey" del colegio miraba la imperceptible marca de polvo en su calzado italiano, curvando los labios en una sonrisa cruel que anticipaba un espectáculo denigrante.
"¿Sabes cuánto cuestan estos zapatos, muerto de hambre? Ponte de rodillas y límpialos con tu manga," exigió Sebastián, elevando deliberadamente la voz para que su séquito de aduladores pudiera reírse al unísono. Se sentía absolutamente intocable; después de todo, su padre era el director y principal accionista de la institución. Esperaba que el chico nuevo temblara, suplicara perdón y aceptara la humillación pública sin chistar para evitar su inminente expulsión.
Pero Daniel no bajó la mirada. Con una tranquilidad verdaderamente exasperante, se acomodó la mochila al hombro y se plantó a escasos centímetros del chico rico. "Me da igual tu dinero, límpialo tú o te arrepentirás," pronunció Daniel, con una voz tan firme y gélida que hizo retroceder instintivamente a un par de estudiantes de la primera fila.
El rostro de Sebastián se enrojeció de pura ira. Nadie en toda su existencia le había hablado de esa manera. "¿Tú me vas a amenazar a mí en mi propio territorio? Mi padre es el dueño de este colegio, con una sola llamada te devuelvo a la calle de donde saliste," escupió con rabia, sacando su teléfono con arrogancia desmedida.
Fue exactamente en ese momento cuando la pesada puerta de roble de la dirección general se abrió de golpe. El mismísimo padre de Sebastián salió corriendo, sudando frío y flanqueado por un severo grupo de abogados en trajes a medida. Atravesó el patio a toda prisa, pero no para defender a su hijo. Pálido y visiblemente tembloroso, el hombre se detuvo en seco frente a Daniel e inclinó la cabeza, entregándole una pesada carpeta de cuero negro. "Señor, los documentos de la adquisición total están firmados. Su padre nos informó que usted evaluaría la ética del alumnado en secreto antes de proceder con los despidos."
El silencio que envolvió el patio fue absoluto y ensordecedor. Daniel no era un becado cualquiera; era el único heredero del imperio corporativo internacional que acababa de salvar a la escuela de la quiebra absoluta comprándola por completo. Sebastián dejó caer su costoso teléfono contra el asfalto, comprendiendo con terror puro que acababa de exigirle lustrar sus zapatos al verdadero y nuevo dueño de su futuro.

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