El Último Vuelo
El Último Vuelo
El desierto parecía infinito.
A esa hora de la tarde, el sol se hundía lentamente detrás de las montañas, tiñendo la arena de tonos anaranjados y rojizos. El viento levantaba remolinos de polvo que cruzaban la vieja pista de aterrizaje abandonada, un lugar olvidado por casi todo el mundo... excepto por quienes necesitaban desaparecer.
A lo lejos comenzaron a escucharse motores.
Primero fue un murmullo.
Luego un rugido.
Cinco camionetas negras avanzaban levantando una inmensa nube de tierra mientras recorrían el camino de grava a más de cien kilómetros por hora. Los neumáticos saltaban sobre piedras y baches sin disminuir la velocidad.
Dentro de la camioneta principal viajaba Esteban Salazar.
Vestía un traje negro impecable pese al calor sofocante. Sobre la cabeza llevaba un sombrero de ala ancha y una barba perfectamente delineada endurecía aún más un rostro acostumbrado a imponer respeto.
No hablaba.
Simplemente observaba el horizonte.
A su lado, dos hombres revisaban constantemente los espejos retrovisores.
—Faltan dos minutos para llegar —dijo uno.
Esteban no respondió.
Sabía que cada segundo era importante.
Delante de ellos apareció finalmente la pista.
Y, justo en medio de ella, esperaba un elegante jet privado blanco con franjas plateadas.
Las turbinas ya estaban encendidas.
Eso era buena señal.
Significaba que todo estaba listo.
La primera camioneta derrapó junto a las escaleras del avión.
Las demás formaron un círculo de seguridad alrededor de la aeronave.
Las puertas se abrieron casi al mismo tiempo.
Los escoltas descendieron rápidamente, observando cada rincón del desierto.
Uno revisó con binoculares el extremo de la pista.
Otro vigiló las colinas.
El silencio era extraño.
Demasiado extraño.
Esteban descendió del vehículo con paso firme.
El viento agitó el ala de su sombrero.
Miró el avión.
Solo necesitaba subir.
Nada más.
Entonces uno de sus hombres corrió hacia él.
Respiraba con dificultad.
—¡Señor! ¡Tenemos movimiento!
Esteban giró lentamente.
—¿Qué viste?
—Vehículos... vienen rápido... por el camino norte.
Otro escolta confirmó la información por el radio.
—No son civiles.
El rostro de Esteban permaneció inmóvil.
—Suban todo.
Los hombres comenzaron a mover varias maletas negras hacia las escaleras del avión.
No había tiempo para discusiones.
El piloto debía despegar inmediatamente.
Esteban comenzó a subir.
Cada escalón resonaba bajo sus botas.
Podía sentir el calor que escapaba de los motores.
Al llegar a la puerta encontró al piloto esperándolo.
Era Julián.
Habían trabajado juntos durante años.
Había realizado vuelos complicados.
Había cruzado tormentas.
Había aterrizado en pistas imposibles.
Y nunca había dudado.
Hasta ese día.
Julián permanecía inmóvil.
No sonreía.
Ni siquiera sostenía la mirada.
Parecía más viejo.
Más cansado.
Más asustado.
—Llegamos a tiempo —dijo Esteban.
El piloto tragó saliva.
Durante unos segundos nadie habló.
Solo se escuchaban las turbinas girando.
Finalmente Julián levantó la vista.
—Perdón...
Esteban frunció el ceño.
—¿Qué dijiste?
—Perdón... yo también quiero vivir.
Por un instante el tiempo pareció detenerse.
Esteban no comprendía.
Después todo ocurrió demasiado rápido.
Julián retrocedió.
Tomó la manija de la puerta.
Y la cerró de golpe.
El sonido metálico retumbó en toda la pista.
Clac.
El seguro quedó activado.
Los escoltas reaccionaron al instante.
—¡Ábranla!
Uno golpeó con la culata de su arma la puerta.
Otro comenzó a gritar.
Esteban permaneció inmóvil apenas un segundo.
Después descargó el puño contra el fuselaje.
—¡Julián!
Nadie respondió.
Desde el interior solo se veía una sombra alejándose hacia la cabina.
Las turbinas aumentaron de potencia.
El avión comenzó a rodar lentamente.
No.
Aquello no estaba pasando.
Esteban corrió junto al fuselaje.
Golpeó una de las pequeñas ventanillas.
Apareció el rostro de Julián durante apenas un instante.
No dijo nada.
Solo cerró la cortina.
El avión siguió avanzando.
—¡Julián!
Otro golpe.
Más fuerte.
Nada.
Las ruedas comenzaron a tomar velocidad.
Los escoltas corrían alrededor de la aeronave sin saber qué hacer.
Uno intentó alcanzar el ala.
Otro señalaba desesperadamente hacia el extremo de la pista.
Entonces aparecieron las primeras luces.
Muy lejos.
Azules.
Rojas.
Intermitentes.
Uno de los hombres levantó los binoculares.
Su expresión cambió inmediatamente.
—Nos encontraron...
El silencio cayó sobre todos.
El avión seguía acelerando.
La arena volaba detrás de las ruedas.
Cada segundo aumentaba la distancia.
Esteban dejó de correr.
Respiraba con fuerza.
Observó cómo el jet se alejaba.
No entendía.
¿Por qué Julián había hecho aquello?
Había sido uno de los pocos hombres en quienes confiaba.
Recordó la primera vez que lo conoció.
Años atrás.
Julián era un piloto militar retirado.
Aceptó trabajar para empresas privadas realizando vuelos ejecutivos.
Nunca hacía preguntas.
Nunca opinaba.
Solo volaba.
Durante mucho tiempo pareció suficiente.
Hasta que comenzaron los problemas.
Las investigaciones.
Los operativos.
Las desapariciones.
Cada vuelo era más peligroso que el anterior.
Quizá el miedo terminó alcanzándolo.
O quizá había algo más.
Esteban sintió un escalofrío.
No.
Eso no era miedo.
Era certeza.
Julián no había improvisado.
Todo estaba preparado.
El avión esperaba con motores encendidos.
Las escaleras nunca fueron retiradas.
La puerta se cerró exactamente cuando él llegó.
Era una trampa.
Perfectamente calculada.
El rugido del avión interrumpió sus pensamientos.
La aeronave ya recorría la mitad de la pista.
Uno de los escoltas volvió a mirar hacia el horizonte.
Su voz tembló.
—Nos están cerrando el paso.
Todos giraron.
Dos patrullas avanzaban derrapando sobre la tierra.
Otra camioneta bloqueaba parcialmente la salida.
Más vehículos aparecían detrás de la nube de polvo.
No había escapatoria.
Los hombres comenzaron a discutir.
—¡Hay que salir hacia las montañas!
—¡No alcanzaremos!
—¡Nos rodearon!
Esteban permanecía inmóvil.
Sus ojos seguían fijos en el avión.
Era como si todo lo demás hubiera desaparecido.
Entonces comprendió la verdad.
Julián nunca intentó salvarse solamente a sí mismo.
Había elegido un bando.
Y ese bando no era el suyo.
El jet levantó la nariz.
Las ruedas dejaron la pista.
Durante unos segundos quedó suspendido contra el cielo rojo del atardecer.
Después comenzó a elevarse.
Cada metro que ganaba era una respuesta.
Julián no volvería.
Uno de los escoltas respiró profundamente.
—Nos vendió.
Esteban no respondió.
Solo observó cómo el avión desaparecía lentamente entre las nubes.
Las primeras sirenas comenzaron a escucharse claramente.
Ya estaban muy cerca.
Los vehículos oficiales se acercaban formando un amplio cerco alrededor de la pista.
No había disparos.
No había persecución.
Solo una lenta y metódica aproximación.
Como si supieran que ya no hacía falta correr.
El viento volvió a soplar.
La nube de polvo empezó a disiparse.
Todo parecía más silencioso.
Más vacío.
Más frío.
Esteban cerró lentamente los puños.
No gritó.
No golpeó nada.
Simplemente comprendió que aquel momento cambiaría el rumbo de muchas vidas.
No solo por la traición.
Sino porque alguien, desde mucho antes, había estado moviendo las piezas del tablero.
Y él acababa de descubrirlo demasiado tarde.
A cientos de metros de altura, Julián sostenía el control del avión con manos temblorosas.
Respiró profundamente.
Miró por la ventanilla lateral.
La pista ya era apenas una línea en medio del desierto.
Sobre el asiento del copiloto descansaba un sobre color marrón.
Lo había recibido dos días antes.
Dentro había una sola fotografía.
Su esposa.
Su hijo.
Y una nota escrita con tinta negra.
"Si quieres volver a verlos, despega solo."
Julián cerró los ojos por un instante.
No había elegido entre la lealtad y el dinero.
Había elegido entre dos tragedias.
Y ahora tendría que vivir con ambas.

Comentarios
Publicar un comentario