La sirvienta no se sientan en mi mesa


La lluvia golpeaba las ventanas de la enorme mansión Herrera con una fuerza extraña aquella noche. Los relámpagos iluminaban por segundos los largos pasillos y los retratos antiguos colgados en las paredes parecían observar a cualquiera que pasara frente a ellos.

Valentina acababa de llegar.

Tenía veintidós años y necesitaba el trabajo con urgencia. Había viajado desde un pequeño pueblo para trabajar como sirvienta interna en aquella casa enorme ubicada lejos de la ciudad.

Desde que bajó del autobús sintió algo raro.

No sabía qué era exactamente.

Tal vez el silencio.

Tal vez la niebla que rodeaba la propiedad.

O tal vez la expresión del conductor cuando dijo:

—¿La mansión Herrera?… No me gusta venir por aquí después de las seis.

Ella quiso preguntar por qué, pero el hombre arrancó antes de que pudiera hacerlo.

La enorme puerta de hierro se abrió lentamente.

Una mujer mayor la recibió.

—Debes ser Valentina.

—Sí.

—Soy Clara. La encargada del servicio.

La mujer tenía el rostro serio y hablaba casi susurrando.

—Ven.

Entraron.

Por dentro la mansión era todavía más grande de lo que parecía desde afuera.

Escaleras inmensas.

Candelabros antiguos.

Pisos de mármol.

Y un silencio incómodo.

Valentina observó algo extraño.

Había muchas habitaciones.

Pero ninguna tenía fotografías familiares.

Solo retratos antiguos de personas desconocidas.

Mientras caminaban, preguntó:

—¿La familia Herrera vive aquí?

Clara tardó unos segundos en responder.

—Solo el señor Alejandro.

—¿Y su esposa?

Silencio.

—No hagas preguntas innecesarias.

Valentina tragó saliva.

Subieron al segundo piso y llegaron a una pequeña habitación.

—Aquí dormirás.

La habitación era sencilla: una cama, un armario y una ventana que daba al jardín trasero.

Clara dejó una llave sobre la mesa.

—El trabajo comienza mañana a las seis.

Se dirigió a la puerta, pero antes de salir se detuvo.

—Hay reglas.

Valentina sonrió nerviosa.

—¿Reglas?

—Sí.

Levantó un dedo.

—Primera: jamás entres al ala norte de la mansión.

Segundo dedo.

—Segunda: después de las diez de la noche no salgas de tu habitación.

Tercer dedo.

—Y tercera…

La expresión de Clara cambió.

Se volvió pálida.

—Pase lo que pase…

La miró fijamente.

—No te sientes en la mesa del comedor principal.

Valentina parpadeó.

—¿Perdón?

—No lo hagas.

Y salió.

La puerta se cerró lentamente.

Valentina soltó una pequeña risa.

—Qué gente tan rara…

Pero aquella noche, mientras intentaba dormir, escuchó algo.

Pasos.

Muy lentos.

En el pasillo.

Tac…

Tac…

Tac…

Pensó que sería Clara.

Pero los pasos se detuvieron justo frente a su puerta.

Y alguien susurró:

—Hay alguien sentado en mi mesa…


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