La Mujer en la Silla de Ruedas: El Amor Más Peligroso de Matteo


Matteo empujaba lentamente la silla de ruedas por el parque mientras Beatrice sonreía con aquella fragilidad perfecta que siempre hacía que todos sintieran lástima por ella. Parecían una pareja enamorada. Él caminaba despacio, cuidando cada movimiento, inclinándose a veces para acomodarle la manta sobre las piernas o apartarle un mechón de cabello del rostro. Y ella lo miraba como si fuera el hombre más bueno del mundo.


Las personas que pasaban cerca siempre terminaban observándolos con ternura. Algunos ancianos sonreían. Las madres apretaban el brazo de sus esposos como diciendo: “Mira qué hermoso amor”. Incluso los niños se quedaban quietos viendo a aquella mujer joven, delicada, atrapada en una silla de ruedas mientras el hombre que la acompañaba parecía dispuesto a entregarle la vida entera.


Pero nadie conocía la verdad.


Nadie sabía que Matteo odiaba cada paso que daba detrás de aquella silla.


El viento soplaba entre los árboles del parque cuando Beatrice levantó el rostro hacia él.


—¿Estás cansado? —preguntó con voz suave.


—No.


—Podemos volver a casa si quieres.


Matteo apretó los dientes.


—Dije que no.


Ella sonrió apenas, como si entendiera perfectamente lo que sucedía dentro de él. Esa era una de las cosas que más le aterraban de Beatrice. Siempre parecía saber exactamente cuándo estaba a punto de explotar.


Llegaron junto al lago artificial del parque. Matteo frenó la silla y observó el agua quieta. Durante unos segundos imaginó cómo sería empujarla con fuerza. Un movimiento rápido. Un accidente. Nadie sospecharía demasiado. La silla caería al agua. Él fingiría desesperación. Gritaría pidiendo ayuda.


Y todo terminaría.


Pero entonces Beatrice habló sin mirarlo.


—Hoy pensaste en matarme otra vez.


El cuerpo de Matteo se congeló.


Ella seguía observando el lago.


—Ya van cuatro veces esta semana.


Matteo tragó saliva lentamente.


—Estás enferma.


—Sí —respondió ella—. Pero no de la manera que todos creen.


El hombre sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Siempre ocurría igual. Cada vez que creía poder esconder sus pensamientos, Beatrice terminaba pronunciándolos en voz alta.


La primera vez que se conocieron fue en Florencia, dos años atrás. Matteo trabajaba restaurando esculturas antiguas en un pequeño taller cerca de la Piazza della Signoria. Vivía tranquilo, solo, sin demasiadas complicaciones. Entonces apareció ella.


Recordaba perfectamente aquel día.


Beatrice entró caminando bajo la lluvia, empapada, con un vestido blanco pegado al cuerpo y una expresión perdida que parecía sacada de una pintura renacentista. Le pidió refugio unos minutos mientras esperaba que pasara la tormenta.


Matteo nunca creyó demasiado en el destino, pero cuando ella le sonrió por primera vez sintió algo extraño. Una sensación oscura. Hermosa. Peligrosa.


Empezaron a salir semanas después.


Beatrice era inteligente, elegante y misteriosa. Nunca hablaba demasiado de su pasado. Decía que había crecido en internados privados y que casi no tenía familia. Matteo tampoco insistía. Estaba demasiado fascinado con ella.


Durante los primeros meses todo pareció normal.


Hasta el accidente.


Una noche recibieron la noticia de que los padres de Matteo habían muerto en la carretera mientras regresaban de Siena. El automóvil cayó por un puente después de que los frenos dejaran de funcionar.


Matteo quedó destruido.


Beatrice fue quien lo sostuvo durante el funeral. Quien lo abrazó mientras lloraba. Quien durmió junto a él durante semanas enteras cuando apenas podía levantarse de la cama.


Por eso jamás sospechó nada.


Tres meses después ocurrió otro accidente.


El hermano menor de Matteo cayó desde el balcón de su apartamento. La policía concluyó que estaba ebrio. Un mal paso. Mala suerte.


Matteo volvió a hundirse.


Y otra vez Beatrice estuvo ahí.


Siempre amorosa.


Siempre perfecta.


Siempre sonriendo.


El tercer accidente ocurrió casi un año después, cuando Matteo descubrió por casualidad algo que jamás debió encontrar.


Aquella noche Beatrice dormía profundamente en el sofá. Matteo buscaba unos documentos en el estudio cuando encontró una carpeta negra escondida detrás de varios libros antiguos.


Dentro había fotografías.


Fotografías de él.


De sus padres.


De su hermano.


Había fechas escritas detrás de cada imagen. Horarios. Rutinas. Notas pequeñas sobre sus movimientos diarios.


Y en la última página aparecía algo peor.


Un diseño mecánico de los frenos del automóvil de su padre.


Matteo sintió que el aire desaparecía de la habitación.


Recuerda claramente cómo volteó lentamente hacia el salón mientras Beatrice seguía dormida bajo la luz tenue.


Parecía un ángel.


Pero en ese instante él entendió que llevaba más de un año viviendo con un monstruo.


No enfrentó a Beatrice esa noche.


Ni al día siguiente.


Matteo decidió investigar primero. Revisó llamadas, cuentas bancarias y registros ocultos. Lo que encontró terminó de destruirlo.


Beatrice no era quien decía ser.


Su verdadero apellido era Vellari. Provenía de una familia inmensamente rica que había perdido gran parte de su fortuna años atrás. Y el padre de Matteo había sido responsable indirectamente de aquella caída económica.


El accidente automovilístico no fue un accidente.


Tampoco la muerte de su hermano.


Todo había sido planeado.


Todo.


Matteo quiso denunciarla inmediatamente, pero antes de hacerlo ocurrió algo inesperado.


Beatrice cayó por las escaleras de la casa.


O al menos eso dijo ella.


La encontraron inconsciente, con una lesión severa en la columna. Después de varias operaciones, los médicos concluyeron que probablemente jamás volvería a caminar.


Desde entonces Matteo se convirtió en su cuidador.


Todos admiraban su devoción.


Nadie sabía que él permanecía a su lado por una sola razón: quería verla sufrir lentamente como él había sufrido.


Los días se transformaron en una rutina enfermiza.


La despertaba.


La bañaba.


La ayudaba a vestirse.


La llevaba al parque.


Y cada noche se preguntaba si debía matarla mientras dormía.


Pero nunca podía hacerlo.


Porque Beatrice tenía una habilidad aterradora: sabía manipularlo incluso desde aquella silla de ruedas.


—¿En qué piensas? —preguntó ella junto al lago.


—En nada.


—Mientes horrible.


Matteo rodeó la silla y se colocó frente a ella.


—¿Por qué hiciste todo eso?


Ella inclinó ligeramente la cabeza.


—¿Todavía no entiendes?


—¡Mataste a mi familia!


Varias personas voltearon al escucharlo gritar. Beatrice bajó la mirada inmediatamente, fingiendo fragilidad.


Matteo respiró hondo y controló su voz.


Ella volvió a mirarlo.


—Lo hice por amor.


Él sintió ganas de vomitar.


—Eso no es amor.


—Para mí sí.


Hubo un silencio largo.


Después Beatrice habló otra vez.


—Cuando te conocí entendí algo horrible, Matteo.


—¿Qué cosa?


—Que jamás ibas a mirarme de verdad mientras tu vida estuviera completa.


Los ojos de Matteo ardieron de rabia.


—Estás loca.


—Tal vez.


Beatrice sonrió apenas.


—Pero funcionó. Después de cada tragedia, corrías directamente hacia mí.


Matteo sintió deseos de romper la silla, de lanzarla contra el suelo, de gritar hasta quedarse sin voz. Pero había algo peor que el odio dentro de él.


Había miedo.


Porque una parte de él todavía la amaba.


Y eso lo destruía más que cualquier otra cosa.


Esa noche regresaron a la mansión donde vivían en las afueras de Florencia. Una casa enorme, silenciosa y fría. Matteo preparó la cena sin hablar. Beatrice permaneció junto a la ventana observando la lluvia caer.


—Mañana llegará el abogado —dijo ella de pronto.


—¿Para qué?


—Voy a dejarte toda mi herencia.


Matteo soltó una risa amarga.


—¿Crees que quiero tu dinero?


—No. Pero quiero que seas libre cuando yo muera.


Él se quedó inmóvil.


—¿Morir?


Beatrice bajó la mirada.


—Los médicos encontraron algo hace dos meses.


Matteo sintió una presión extraña en el pecho.


—¿Qué cosa?


Ella tardó varios segundos en responder.


—Un tumor.


El silencio llenó la cocina.


—¿Estás mintiendo?


—No.


—¿Por qué no dijiste nada?


Beatrice sonrió con tristeza.


—Porque quería seguir viendo esa expresión en tu rostro.


—¿Cuál expresión?


—La de alguien que todavía me ama aunque me odie.


Matteo apartó la mirada inmediatamente.


Ella continuó hablando.


—No me queda mucho tiempo.


—Cállate.


—Matteo…


—¡Cállate!


Golpeó la mesa tan fuerte que los platos temblaron.


Beatrice no se asustó.


Nunca se asustaba.


Eso era otra de las cosas que más lo perturbaban.


Esa madrugada Matteo no pudo dormir. Caminó por la casa durante horas mientras la lluvia golpeaba las ventanas. Intentó convencerse de que no le importaba. De que deseaba verla morir.


Pero entonces recordó la primera vez que la besó bajo aquella tormenta en Florencia.


Recordó cómo ella reía.


Cómo apoyaba la cabeza sobre su pecho.


Cómo parecía mirarlo como si fuera la única persona en el mundo.


Y por primera vez en mucho tiempo sintió algo peor que odio.


Sintió culpa.


A la mañana siguiente encontró a Beatrice despierta en el jardín interior de la casa. La silla estaba rodeada de rosas blancas.


—Hace frío —dijo él.


—Lo sé.


Matteo se acercó lentamente.


—¿El tumor es real?


Ella asintió.


—¿Cuánto tiempo?


—Quizás meses.


Él cerró los ojos un instante.


Beatrice observó el cielo gris.


—¿Sabes qué es lo más triste?


—¿Qué?


—Que ahora sí me amas de verdad.


Matteo la miró furioso.


—No digas estupideces.


Ella sonrió apenas.


—Antes me amabas porque eras feliz. Ahora me amas incluso después de descubrir quién soy.


Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.


Porque en el fondo Matteo sabía que había algo de verdad.


Y eso lo aterraba.


Las semanas siguientes fueron extrañas.


Beatrice comenzó a debilitarse cada vez más. Perdía el apetito. Dormía largas horas. A veces despertaba desorientada, sin recordar en qué día estaban.


Matteo empezó a cuidarla de manera diferente.


Ya no por venganza.


Ya no por obligación.


Sino porque el miedo a perderla crecía dentro de él como una enfermedad.


Una noche, mientras le acomodaba la manta sobre las piernas, Beatrice tomó su mano.


—Si pudiera volver atrás… —susurró.


Matteo la observó en silencio.


—¿Cambiarías algo?


Ella tardó mucho en responder.


—No habría matado a tu hermano.


El hombre sintió un nudo brutal en la garganta.


—¿Y mis padres?


Beatrice lo miró fijamente.


—Ellos destruyeron a mi familia.


Matteo apartó la mano lentamente.


Ahí estaba otra vez.


Aquella oscuridad imposible de borrar.


Por un instante recordó que Beatrice seguía siendo capaz de justificar lo monstruoso.


Y aun así no podía dejar de amarla.


Los meses pasaron lentamente.


El tumor avanzó.


Beatrice comenzó a perder cabello. Su piel se volvió más pálida. Pero seguía sonriendo igual que siempre. Como si incluso la muerte fuera apenas un detalle sin importancia.


Una tarde le pidió a Matteo que la llevara otra vez al parque.


El mismo lago.


El mismo camino.


La misma gente observándolos con ternura.


Beatrice respiró profundamente.


—Siempre imaginé este momento.


—¿Cuál?


—Morir contigo cerca.


Matteo sintió los ojos húmedos.


—No hables así.


Ella levantó una mano temblorosa y acarició su rostro.


—Eres lo único hermoso que hice en mi vida.


Él cerró los ojos.


—No digas eso.


—Es verdad.


Hubo un silencio largo mientras el viento movía las hojas sobre el sendero.


Entonces Beatrice habló casi en un susurro.


—Quiero confesarte algo antes de irme.


Matteo abrió los ojos lentamente.


—¿Qué cosa?


Ella lo miró con una tristeza infinita.


—La caída por las escaleras… no fue un accidente.


El corazón de Matteo se detuvo.


—¿Qué?


—Yo misma me lancé.


Él retrocedió un paso.


—¿Por qué harías eso?


Beatrice sonrió débilmente.


—Porque descubriste la verdad.


Matteo sintió el cuerpo helado.


—No…


—Sabía que ibas a abandonarme.


Las lágrimas comenzaron a deslizarse por las mejillas de ella.


—Y prefería destruirme antes que perderte.


El mundo entero pareció quedarse en silencio.


Matteo miró a aquella mujer frágil sentada frente al lago y entendió finalmente algo terrible.


Beatrice nunca había amado de manera normal.


Su amor era posesión.


Obsesión.


Destrucción.


Pero también era real.


Tan real que había sido capaz de romperse a sí misma para mantenerlo a su lado.


Matteo cayó de rodillas frente a ella.


Y por primera vez en años lloró.


Lloró por sus padres.


Por su hermano.


Por la vida que perdió.


Pero también lloró por ella.


Por aquella mujer rota que confundió amor con sufrimiento desde el principio.


Beatrice acarició su cabello lentamente.


—No me perdones —susurró—. Solo quédate conmigo hasta el final.


Y Matteo, aun sabiendo que jamás podría borrar todo el dolor, tomó su mano temblorosa y asintió en silencio.


Porque a veces las historias de amor más peligrosas no terminan cuando descubres la verdad.


A veces comienzan exactamente ahí.


Durante las últimas semanas de vida de Beatrice, la mansión se volvió un lugar extraño. Silencioso. Cada reloj parecía avanzar más lento, como si incluso el tiempo sintiera miedo de acercarse al final.


Matteo apenas dormía.


Pasaba las noches sentado junto a la cama observando cómo ella respiraba. A veces Beatrice despertaba sobresaltada por dolores insoportables y él corría a sostenerla entre sus brazos mientras los medicamentos hacían efecto.


En uno de esos momentos, cerca de las tres de la madrugada, ella abrió los ojos lentamente.


—¿Sigues aquí?


Matteo apretó su mano.


—Sí.


Beatrice sonrió débilmente.


—Entonces gané.


Él bajó la cabeza, agotado.


—No había nada que ganar.


—Te equivocas —susurró ella—. El amor siempre es una guerra.


Matteo quiso responder, pero las palabras murieron en su garganta.


Porque en el fondo sabía que aquella mujer había vivido toda su vida peleando contra el abandono.


Contra el vacío.


Contra el miedo de no ser suficiente para que alguien se quedara.


Y había convertido ese miedo en algo monstruoso.


Una mañana de invierno, Beatrice pidió que abrieran todas las ventanas de la habitación. El aire frío llenó el lugar mientras la luz gris del amanecer iluminaba su rostro pálido.


—Quiero ver el cielo —dijo apenas.


Matteo acercó la silla de ruedas a la ventana.


Ella observó los árboles moviéndose con el viento.


—Prométeme algo.


—¿Qué cosa?


—Después de mi muerte… intenta ser feliz otra vez.


Matteo cerró los ojos con fuerza.


—No sé cómo hacerlo.


—Sí sabes.


Ella sonrió apenas.


—Solo olvidaste cómo se siente.


El silencio volvió a envolverlos.


Entonces Beatrice dijo algo que Matteo jamás esperó escuchar.


—Lo siento.


Él la miró sorprendido.


—¿Por qué?


Las lágrimas aparecieron lentamente en los ojos de ella.


—Porque si hubiera sabido amar correctamente… quizás tu familia seguiría viva.


Fue la primera vez que Beatrice mostró verdadero arrepentimiento.


No justificaciones.


No excusas.


Solo dolor.


Y aquello terminó de romper algo dentro de Matteo.


Se acercó despacio y apoyó la frente contra la de ella.


—Ojalá te hubiera conocido de otra manera.


Beatrice dejó escapar una pequeña risa triste.


—Yo también.


Aquella misma noche comenzó a nevar.


La fiebre de Beatrice empeoró rápidamente. Los médicos dijeron que quedaba muy poco tiempo. Matteo permaneció junto a su cama sosteniéndole la mano mientras la tormenta cubría el jardín de blanco.


Cerca del amanecer, Beatrice abrió los ojos por última vez.


Lo observó como si intentara memorizar cada parte de su rostro.


—Matteo…


—Estoy aquí.


Ella respiró con dificultad.


—Dime algo bonito antes de irme.


El hombre sintió las lágrimas caer silenciosamente.


Y después de todo el odio, toda la sangre y toda la destrucción, entendió que solo quedaba una verdad.


La amaba.


De la forma más equivocada posible.


Pero la amaba.


Se inclinó lentamente y besó su frente.


—Cuando te conocí bajo aquella lluvia… supe que mi vida jamás volvería a ser normal.


Beatrice sonrió apenas.


—Eso… suena perfecto.


Y segundos después dejó de respirar.


El invierno pasó lentamente sobre Florencia.


Meses más tarde, algunas personas todavía recordaban a aquella pareja del parque. El hombre silencioso empujando la silla de ruedas de una mujer hermosa y frágil que siempre sonreía.


Parecían una pareja enamorada.


Y quizá lo eran.


Solo que nadie imaginaba cuánto dolor podía esconderse detrás de una historia de amor así.


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