La lluvia había dejado las calles del barrio llenas de lodo y basura arrastrada por las alcantarillas. Eran casi las seis de la tarde y el colmado de Doña Marta seguía abierto, iluminado apenas por dos bombillos amarillos que parpadeaban cada cierto tiempo.
La lluvia había dejado las calles del barrio llenas de lodo y basura arrastrada por las alcantarillas. Eran casi las seis de la tarde y el colmado de Doña Marta seguía abierto, iluminado apenas por dos bombillos amarillos que parpadeaban cada cierto tiempo.
En ese sector todos sabían cómo funcionaban las cosas.
Cada negocio debía pagar “la colaboración”.
Panaderías, colmados, bancas, talleres y hasta los vendedores ambulantes entregaban dinero semanalmente para evitar problemas. Nadie iba a la policía. Nadie hacía preguntas. Así sobrevivía el barrio desde hacía años.
Los encargados de recoger el peaje eran Ricardo y Juan.
Ricardo tenía casi cuarenta años y llevaba demasiado tiempo metido en la calle. No hablaba mucho, pero cuando llegaba a un negocio, la gente pagaba sin discutir. Tenía fama de hombre peligroso, aunque también decían que antes no era así.
Juan era distinto.
Más joven, más impulsivo y desesperado por demostrar respeto. Había crecido viendo violencia toda su vida y aprendió rápido que en el barrio el miedo valía más que cualquier diploma.
Aquella tarde caminaron juntos bajo la lluvia visitando negocios.
Primero cobraron en la banca.
Después en el taller mecánico.
Luego en una cafetería pequeña donde el dueño entregó el dinero sin siquiera levantar la mirada.
Pero faltaba un último lugar.
El colmado de Doña Marta.
—Esa vieja tiene tres semanas atrasadas —murmuró Juan mientras se acercaban.
Ricardo no respondió.
Empujaron la puerta lentamente.
El sonido de la campanita metálica anunció su entrada y Doña Marta levantó la cabeza desde detrás del mostrador.
Al verlos, su expresión cambió inmediatamente.
No era sorpresa.
Era cansancio.
—Buenas tardes, señora… Venimos por lo de la cuenta —dijo Ricardo con voz tranquila.
Doña Marta siguió acomodando panes como si intentara ganar tiempo.
—Aquí no hay cuentas pendientes, hijo. Aquí solo se vende pan y refresco.
Juan soltó una risa incómoda y golpeó con fuerza una exhibición de golosinas.
—Ya, ya, señora… ¡No se haga la valiente!
Las funditas de papitas quedaron balanceándose mientras el silencio llenaba el negocio.
Doña Marta respiró profundo.
—Yo no tengo dinero esta semana.
—Todo el mundo dice lo mismo —respondió Juan acercándose más al mostrador.
Ricardo observaba callado.
Algo en aquella escena parecía incomodarlo.
El pequeño colmado le resultaba extrañamente familiar.
Entonces miró mejor al joven que estaba a su lado.
Y recordó algo.
—Juan… tu mamá se llamaba Jacinta, ¿verdad?
Juan volteó rápidamente.
Su expresión cambió de inmediato.
—¡No meta a mi madre en esto!
Ricardo ignoró el tono agresivo.
Se quedó mirando un punto fijo como si estuviera viendo el pasado frente a él.
—Yo conocí a tu madre… Era una mujer buena.
Doña Marta dejó de moverse lentamente.
Incluso Juan pareció desconcertado.
Jacinta había muerto cuando él apenas tenía quince años. Desde entonces nadie hablaba mucho de ella.
Ricardo apoyó ambas manos sobre el mostrador.
—Hace muchos años… antes de meterme en esta vida… yo pasaba hambre de verdad.
La lluvia golpeaba el techo de zinc mientras hablaba.
—Una noche me estaban buscando para matarme por un lío de drogas. Todo el barrio me cerró las puertas… menos tu mamá.
Juan guardó silencio.
—Ella me escondió en su casa. Me dio comida. Y me dijo algo que nunca olvidé.
Ricardo respiró profundo.
—“Todavía estás a tiempo de no convertirte en basura.”
Las palabras cayeron pesadas dentro del negocio.
Juan bajó lentamente la mirada.
Toda su vida había escuchado que en la calle había que ser duro. Que sentir culpa era debilidad. Que el respeto se ganaba metiendo miedo.
Pero nadie le había hablado así de su madre en años.
Doña Marta observó a ambos hombres sin decir nada.
Ricardo sacó lentamente el papel donde llevaba anotadas las deudas de los negocios.
Miró el nombre del colmado.
Después lo rompió delante de todos.
Juan levantó la cabeza sorprendido.
—¿Qué tú haces?
—Cobrarle a esta señora no va a resolver nada —respondió Ricardo.
—Nos van a preguntar por ese dinero.
Ricardo dio un paso hacia él.
—Pues diles que yo respondí por esto.
Juan apretó la mandíbula.
Por un momento pareció que iba a discutirle.
Pero no lo hizo.
Porque por primera vez desde que conocía a Ricardo… le estaba viendo algo diferente en los ojos.
Vergüenza.
Ricardo miró nuevamente a Doña Marta.
—Cierre temprano hoy, señora.
Después caminó hacia la puerta.
Antes de salir, volvió a mirar a Juan.
—Tu mamá no te crió para esto.
La lluvia seguía cayendo fuerte afuera.
Juan permaneció inmóvil frente al mostrador.
Doña Marta tomó un pedazo de pan caliente y lo colocó lentamente frente a él.
—Come algo, hijo.
El joven observó el pan varios segundos.
Y sin darse cuenta, los ojos comenzaron a llenársele de lágrimas.

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