Un anciano intenta comprar medicina y no le alcanza el dinero. La cajera se burla y lo saca.


Un anciano de manos temblorosas entró a la farmacia sosteniendo una receta arrugada. Caminaba lento, mirando los precios con preocupación. Cuando llegó al mostrador, puso unas pocas monedas sobre la mesa.


—Solo me falta un poco… es para mi esposa —dijo con voz baja.


La cajera lo miró de arriba abajo y soltó una risa burlona.


—Aquí no regalamos nada, señor. Si no tiene dinero, salga —respondió con frialdad.


El anciano intentó explicar, pero ella llamó al guardia. Frente a todos, lo hicieron salir como si fuera un ladrón. Afuera, se sentó en la acera, con la mirada perdida y la receta en la mano.


Una joven que había presenciado todo salió corriendo tras él.


—Espere… —le dijo conmovida.


Entró de nuevo, pagó la medicina completa y regresó para entregársela. El anciano no pudo contener las lágrimas.


—Gracias… hoy me devolviste la fe —susurró.


La joven sonrió, pero antes de irse volvió a la farmacia y dijo en voz alta:


—Lo que hoy hicieron habla más de ustedes que de él.


Desde ese día, muchos dejaron de comprar allí. Porque a veces, la mayor pobreza no es no tener dinero… sino no tener corazón.


 

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