El precio de hacer lo correcto


Aquel lunes comenzó como cualquier otro, hasta que Daniel vio a una anciana caer en el pasillo del metro. Nadie se detenía. Algunos miraban, otros seguían de largo. Él dudó unos segundos, pero su conciencia pesó más que el reloj. Se acercó, la ayudó a levantarse, le limpió la herida y se quedó con ella hasta que llegó asistencia. La mujer, con voz temblorosa, le dio las gracias y le tomó la mano como si fuera su nieto.


Cuando Daniel miró la hora, supo que ya era tarde.


Corrió todo lo que pudo, pero al llegar a la oficina, su jefe lo esperaba con el ceño fruncido. No quiso escuchar explicaciones. “Las reglas son claras”, dijo antes de despedirlo. Daniel salió con el corazón apretado, preguntándose si había hecho lo correcto.


Dos días después, recibió una llamada inesperada. La anciana era madre de un importante empresario… el dueño de la empresa.


Su jefe fue despedido por su falta de humanidad. A Daniel le ofrecieron un puesto mejor.


Ese día entendió algo: hacer lo correcto no siempre es fácil, pero siempre deja huella.


 

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