La niña ir nunca fue ciega
El hombre llegó corriendo al parque con el corazón acelerado. Había visto al niño varias veces sentado solo en el mismo banco, siempre observándolo en silencio. Aquella tarde no soportó más la curiosidad y se acercó decidido. El pequeño levantó la mirada y habló antes que él pudiera decir una palabra. “Tu hija no es ciega”. El hombre sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Retrocedió confundido y preguntó temblando: “¿Qué dijiste?”. El niño no apartó la vista y respondió con calma inquietante: “Tu esposa le pone algo en la comida”.
Durante años, el hombre había creído la enfermedad de su hija. Recordó las gotas, las medicinas, los platos especiales y las excusas constantes de su esposa para no llevarla a otros médicos. Todo comenzó a encajar de una forma aterradora. Miró al niño y preguntó quién era. El pequeño señaló una casa al otro lado de la calle. “Mi mamá trabajó en tu casa. Lo vio todo y la despidieron por hablar”.
Sin pensarlo, el hombre corrió hasta su hogar. Encontró a su hija sentada en la mesa, tocando las paredes como siempre. Tomó su plato y olió la comida. Un aroma extraño lo paralizó. Su esposa apareció detrás de él sonriendo. “Llegaste temprano”, dijo. Entonces la niña murmuró: “Papá… hoy sí puedo verte”.

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