Cuando Doña Mercedes subió las escaleras con un palo para despertar a su nieta de 12 años porque ya eran las 10 de la mañana, jamás imaginó que al abrir la puerta se encontraría con una cama empapada en sangre... y con la niña casi sin vida.

 

A las 2:17 de la madrugada, Luis despertó con la sensación de que algo no estaba bien.


No fue un ruido fuerte lo que lo sacó del sueño. Fue algo peor.
Un sonido seco… irregular… como si alguien golpeara algo con muy poca fuerza.


Abrió los ojos lentamente, intentando ubicarse. Su habitación estaba en completa oscuridad, excepto por la luz tenue que se colaba desde la ventana. Afuera, el callejón seguía igual de vacío que siempre.


Entonces lo escuchó otra vez.


Tac… tac… tac…


Tres golpes.


Lentos. Torpes.


Luis se incorporó en la cama. Su respiración empezó a acelerarse sin razón clara, como si su cuerpo entendiera algo que su mente todavía no procesaba.


Giró la cabeza hacia la ventana.


La casa.


Esa maldita casa abandonada al otro lado del callejón.


Llevaba más de diez años cerrada. Tablas cubriendo las ventanas. Puerta hinchada por la humedad. Nadie entraba. Nadie salía.


Y, sin embargo…


Tac… tac…


—No puede ser… —susurró.


Se levantó descalzo y caminó despacio, sintiendo el frío del piso subirle por las piernas. Cada paso parecía hacer más ruido del que debería.


Cuando llegó a la ventana, apartó la cortina apenas unos centímetros.


Y ahí lo vio.


Una luz.


Pequeña. Débil. Temblorosa.


Moviéndose dentro de la casa.


Luis sintió cómo el estómago se le hundía.


—Sofía… —llamó en voz baja.


No hubo respuesta.


—Sofía… despierta.


Su hermana gruñó desde el otro cuarto.


—¿Qué quieres…?


—Hay alguien en la casa de enfrente…


Silencio.


—Cállate y duérmete —respondió ella.


Luis no apartó la mirada.


La luz seguía moviéndose.


Lenta.


Como si alguien caminara con dificultad.


Como si cada paso costara.


Entonces ocurrió algo que lo heló por completo.


La luz se detuvo.


Justo frente a una de las ventanas cubiertas.


Y una sombra apareció detrás de la tabla.


Una forma humana.


Inmóvil.


Observando.


Luis retrocedió un paso, con el corazón golpeándole el pecho con fuerza.


—Sofía… ven aquí… ahora…


Esta vez había algo en su voz que la hizo levantarse.


—¿Qué pasa contigo?


Caminó molesta hasta su lado… pero cuando miró por la ventana, su expresión cambió.


—¿Eso… qué es?


—Te dije…


Ambos se quedaron en silencio, mirando.


La luz se movió de nuevo.


Pero ahora no era errática.


Ahora iba directo hacia la ventana.


Hacia ellos.


Un golpe sonó desde dentro.


Tac.


Los dos dieron un pequeño salto.


Luego otro.


Tac… tac…


—No me gusta esto —susurró Sofía.


Entonces lo escucharon.


No fue un golpe.


Fue una voz.


Muy baja.


Rota.


—Ayúdenme…


Sofía se llevó la mano a la boca.


—No… no…


Luis sintió que las piernas le temblaban.


—¿Escuchaste eso?


—Sí…


La voz volvió.


—Por favor…


La luz ahora estaba pegada a la ventana desde adentro.


Y entonces… algo golpeó la tabla.


Una mano.


Delgada.


Pálida.


Apareciendo por una grieta imposible.


Los dedos se movían lentamente, raspando la madera desde dentro.


—¡¿Qué es eso?! —susurró Sofía, aterrada.


Luis no respondió.


No podía.


La mano golpeó otra vez.


Más fuerte.


Más desesperada.


—Ayúdenme…


Pero lo peor no era la voz.


Era el tono.


No sonaba como alguien pidiendo ayuda.


Sonaba como alguien que llevaba demasiado tiempo esperando.


De repente, la luz se apagó.


Todo quedó en oscuridad.


Silencio absoluto.


—Ya… ya se fue… —dijo Sofía, temblando.


Luis no respondió.


Seguía mirando.


Esperando.


Entonces, algo cambió.


Muy lento.


Muy sutil.


La puerta de la casa… comenzó a abrirse.


Un sonido largo, arrastrado, como madera vieja cediendo.


Ambos se quedaron paralizados.


La oscuridad dentro de la casa parecía más profunda que la noche misma.


—Cierra la cortina… —dijo Sofía.


Luis no se movió.


No podía dejar de mirar.


Algo salió.


No completamente.


Solo una silueta.


Alta.


Delgada.


Demasiado quieta.


Y entonces levantó la cabeza.


Como si supiera exactamente dónde estaban.


Sofía jaló la cortina de golpe.


—¡No mires!


Ambos retrocedieron.


El corazón les latía tan fuerte que parecía llenar la habitación.


—Tenemos que llamar a alguien… —dijo ella.


Luis asintió… pero no se movió.


Porque algo más acababa de pasar.


Un sonido.


No afuera.


Dentro de la casa.


Tac… tac… tac…


Venía del pasillo.


Los dos se miraron.


El miedo ya no era confusión.


Era certeza.


Luis tragó saliva.


—Eso… no viene de la otra casa…


El tercer golpe sonó justo detrás de ellos.k


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